¿Quién enseña a trabajar con IA? Formación, prevención y salud laboral ante el nuevo trabajo


La inteligencia artificial está entrando en las empresas mucho más rápido de lo que muchas organizaciones están preparadas para asumir.

Ya no hablamos solo de grandes proyectos tecnológicos. La IA está apareciendo en tareas cotidianas: redactar documentos, analizar información, preparar informes, atender clientes, programar, seleccionar candidatos, organizar tareas o tomar decisiones a partir de grandes cantidades de datos.

La pregunta es sencilla:

¿Estamos enseñando a las personas a trabajar con estas herramientas o simplemente estamos pidiéndoles que las utilicen?

Porque aprender a utilizar una herramienta de IA no consiste únicamente en saber qué botón pulsar.

También implica entender qué puede hacer, qué no puede hacer, qué riesgos tiene y hasta dónde podemos confiar en sus resultados.

Y aquí la conversación empieza a entrar directamente en el terreno de la Prevención de Riesgos Laborales.

La formación ya no puede ir por detrás de la tecnología

La incorporación de nuevas tecnologías siempre ha exigido adaptar la formación.

Pero con la IA hay una diferencia importante: la tecnología también puede modificar la forma en la que se organiza y se controla el trabajo.

Un algoritmo puede establecer prioridades, medir tiempos, asignar tareas o ayudar a tomar decisiones sobre las personas.

EU-OSHA lleva tiempo señalando precisamente este cambio. Sus análisis sobre gestión algorítmica advierten de que estos sistemas pueden aportar ventajas de productividad, pero también generar problemas relacionados con la autonomía, la privacidad, el estrés y otros riesgos psicosociales.

Por eso, formar en IA no debería limitarse a enseñar a generar un buen prompt.

También habría que enseñar a trabajar con criterio cuando la respuesta la proporciona una máquina.

Saber utilizar la IA también es saber cuándo no utilizarla

Una persona puede recibir un texto perfectamente redactado por una IA y asumir que es correcto.

Puede aceptar una recomendación porque el sistema la presenta con seguridad.

Puede utilizar una información sin comprobar su origen.

Puede introducir datos sensibles sin conocer las consecuencias.

O puede terminar delegando en la herramienta decisiones que deberían seguir bajo supervisión humana.

Ese es uno de los motivos por los que la normativa europea habla de «alfabetización en materia de IA» y no simplemente de formación técnica.

El Reglamento de IA define esa alfabetización como los conocimientos y competencias necesarios para comprender las oportunidades, riesgos y posibles daños asociados a los sistemas de IA. Además, el artículo 4 exige a las organizaciones adoptar medidas para desarrollarla entre las personas que utilizan estos sistemas. EUR-Lex

No estamos, por tanto, ante una cuestión que pueda dejarse exclusivamente en manos del departamento de IT.

¿Y qué tiene que ver esto con la prevención?

Más de lo que puede parecer.

El INSST ya incluye entre los factores de riesgo psicosocial cuestiones relacionadas con tecnologías mal diseñadas, sistemas complejos, la necesidad de aprendizaje permanente, la dependencia de las nuevas tecnologías y aquellas herramientas que dificultan la desconexión o reducen el control de la persona trabajadora.

La IA puede intensificar algunas de estas situaciones.

Imaginemos un trabajador que debe utilizar una nueva herramienta, pero no ha recibido una formación adecuada.

No sabe cuándo puede confiar en ella.

No sabe cómo comprobar sus resultados.

No sabe qué información puede introducir.

Y, además, siente que se espera de él que sea más rápido porque ahora «tiene IA».

La tecnología que debía facilitar el trabajo puede acabar convirtiéndose en una nueva fuente de presión.

Más velocidad no siempre significa mejor trabajo

Este punto merece especial atención.

Uno de los argumentos habituales para introducir IA es aumentar la productividad.

Pero desde PRL deberíamos hacernos otra pregunta:

¿Qué ocurre con las demandas de trabajo cuando aumentamos la capacidad de producir?

Si una tarea que antes llevaba dos horas ahora puede hacerse en treinta minutos, existe una oportunidad evidente.

Pero también puede aparecer una expectativa:

«Si ahora puedes hacerlo en treinta minutos, tendrás que hacer cuatro veces más».

Y entonces la tecnología no reduce necesariamente la carga de trabajo. Puede simplemente elevar el ritmo esperado.

La propia jornada técnica organizada por INSST, OIT y EU-OSHA en 2025 abordó precisamente la relación entre IA, gestión algorítmica, organización del trabajo y riesgos psicosociales.

No se trata de estar a favor o en contra de la IA.

Se trata de preguntarnos cómo se incorpora al trabajo.

La formación también es una medida preventiva

Cuando aparece un nuevo riesgo, la respuesta preventiva no puede consistir únicamente en entregar un manual.

La formación tiene que permitir que la persona comprenda la nueva herramienta y pueda utilizarla con seguridad.

En el caso de la IA, esto podría incluir cuestiones muy prácticas:

  • qué tareas puede asumir la herramienta y cuáles no;
  • cómo verificar sus resultados;
  • qué información no debe introducirse;
  • cómo detectar errores o respuestas inventadas;
  • cuándo es necesaria la supervisión humana;
  • qué impacto puede tener sobre la carga de trabajo;
  • cómo actuar cuando el sistema genera una recomendación que parece incorrecta;
  • y cómo mantener límites razonables de disponibilidad y desconexión.

No todos los trabajadores necesitan convertirse en especialistas en inteligencia artificial.

Pero sí deberían saber lo suficiente para no trabajar a ciegas con ella.

La IA también necesita prevención

Hay una idea que probablemente tendremos que incorporar cada vez más a la cultura preventiva:

cuando cambia la tecnología, también puede cambiar el riesgo.

El INSST publicó en 2025 un análisis de escenarios futuros sobre transformación digital en España en el que señala precisamente que las nuevas tecnologías pueden ofrecer oportunidades para mejorar la seguridad y la salud, pero también generar nuevos riesgos laborales que deberán anticiparse y gestionarse.

La OIT plantea una visión similar. Su informe mundial de 2025 sobre IA y digitalización señala que estas tecnologías pueden ayudar a reducir exposiciones peligrosas, prevenir lesiones y mejorar las condiciones de trabajo, pero también generar nuevos riesgos que requieren respuestas preventivas adaptadas.

Por eso, la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Qué puede hacer esta IA?»

También deberíamos preguntar:

«¿Qué cambia en el trabajo cuando empezamos a utilizarla?»

Y esa segunda pregunta es claramente preventiva.

¿Quién debería enseñar a trabajar con IA?

Probablemente no haya una única respuesta.

La formación técnica puede corresponder a IT o a proveedores especializados.

Pero la comprensión de cómo cambia el trabajo y qué riesgos aparecen debería implicar también a prevención, recursos humanos, mandos y, por supuesto, a las propias personas trabajadoras.

La participación de los trabajadores es especialmente importante.

Si una empresa implanta una herramienta que modifica tiempos, tareas, controles o formas de organizar el trabajo, quienes van a utilizarla diariamente pueden detectar problemas que no aparecen en el proyecto de implantación.

EU-OSHA insiste precisamente en la necesidad de un enfoque centrado en las personas, transparencia y participación de los trabajadores cuando se introducen sistemas de gestión basados en IA.

No se trata de frenar la IA

La prevención no debería convertirse en un freno a la innovación.

Bien utilizada, la IA puede eliminar tareas repetitivas, ayudar a analizar información, facilitar determinados procesos y contribuir incluso a mejorar la seguridad y la salud en el trabajo.

EU-OSHA está estudiando, por ejemplo, sistemas digitales inteligentes capaces de mejorar la identificación de riesgos, la respuesta ante emergencias o la cultura preventiva.

El reto está en conseguir que la tecnología trabaje para las personas y no que las personas tengan que adaptarse constantemente a las exigencias de la tecnología.

Y eso requiere algo que a veces se olvida cuando hablamos de transformación digital:

formación, participación y prevención.

Porque quizá la pregunta más importante no sea cuánto puede hacer la inteligencia artificial.

Sino si estamos preparando a las personas para trabajar con ella sin perder autonomía, criterio ni salud por el camino.